En noviembre siempre me voy de viaje. Nunca lo planeo, pero siempre ocurre, sin preaviso, sin contar conmigo, a escondidas, de la más rastrera de las maneras y lo que es peor, sin poder hacer nada para evitarlo. La persona que soy decide hacer las maletas y con un rápido “adiós muy buenas” me deja sola en casa, desanimada, destemplada, perdida, sin energía, víctima de una irresistible atracción por el sofá y la manta….
Y aunque lo intento, no hay manera de convencerme, me he ido con todas las consecuencias, sin mirar atrás y sin pensar en el regreso. En noviembre me voy de viaje y me quedo en Madrid, trabajando, leyendo, haciendo la compra, charlando por teléfono, haciendo lo mismo de siempre pero en ausencia de mí, sin tener ni idea de dónde me meto durante el largísimo, odioso y gris mes de Noviembre.
Pero estoy segura de que todo esto, que así leído/escrito parece un delirio, tiene su explicación y, por qué no, su sentido. En primer lugar yo podría irme cualquier otro mes de año, por ejemplo en Marzo, pero curiosamente elijo el mes en que de repente hay menos horas de luz, en que llega el frío, en que las terrazas definitivamente desaparecen de las calles, en que el cielo se cubre de nubes y todo parece gris, como empañado por una fina capa de polvo. Descrito así, y así es Noviembre, parece más o menos normal que uno quiera salir corriendo, cuanto más lejos mejor. Noviembre nos anima a sacar la bufanda (y en mi caso también el gorro y los guantes, que soy muy friolera) y con eso nos advierte de que nos esperan tiempos duros, áridos, de estar en estado letárgico, sin morir pero viviendo a medio gas, como los árboles sin sus hojas, que parecen muertos pero no lo están.
Y ante esa advertencia con que Noviembre nos sacude la cara ufffff….. mejor pensar en ponerse manos a la obra y como en tiempos de crisis hacer acopio de fuerza, de energía, de vitalidad… por si llegan tiempo peores y no tenemos lana que sacar del armario. En esa tesitura absurda nos pone la llegada del frío, en la de no movernos por si mañana no podemos movernos, en la de emplear la ilusión con cuentagotas, por lo que pueda venir...en empezar a sufrir por si alguna vez sufrimos.
Por otro lado, y ya que tengo que pasar por esto, aprovecho que no estoy en casa para hacer limpieza, pintar las paredes y buscar tesoros debajo de las baldosas de la cocina. Quizás, como dicen de las crisis, Noviembre sea mi oportinidad, el momento para caerse al suelo y poder levantarse con ayuda del suelo, el momento, oportuno o no, de ponerse a prueba, de subir al cielo y lanzar una piedra desde allí, para saber de cuánta fuerza dispongo.
El caso es que cuando pasa Noviembre y regreso, nunca soy exactamente la misma persona...
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