jueves, 19 de noviembre de 2009

Barquitos de papel

Si pienso en los consejos que doy y recibo a lo largo de un día, una semana, un mes……me doy cuenta de que las opiniones sobre el mismo hecho pueden ser tan variadas y contradictorias que me sorprendo de lo diferentes, y similares a la vez, que pueden ser los seres humanos.
A veces es fácil querer entender, ayudar, ponerse en el lugar del otro; y caer en el error de intentar “imponer” lo que uno considera mejor. Ayudar a veces significa, dejar que el otro se equivoque, que cumpla su voluntad. Porque aconsejar no siempre supone estar en lo cierto. La opinión que uno tiene sobre una cuestión concreta, está condicionado por las vivencias, los miedos, las circunstancias de esa persona. Pero lo que para mí es válido, puede que no lo sea para el otro.
Y así, cuando por intentar ayudar y hacer que el otro se sienta bien, impido que la libertad de esa persona se realice, la intención deja de ser ayuda y se convierte en “dictadura”.
Cada uno somos dueños de nuestro propio barquito de papel, y si alguien decide hundir el suyo propio está en su derecho, aunque a los demás nos pueda parecer la peor idea del mundo. Porque es su barco, porque él es el capitán, porque es su responsabilidad.

Pero también hay situaciones en las que el capitán del barco no quiere que se hunda, pero no sabe mantenerlo a flote. En este caso, al intentar ayudar, se puede volver a cometer el error de asumir el papel del otro, cargando con la responsabilidad del capitán, para que el barco no naufrague definitivamente. Y quizá lo “correcto” sea enseñarle a llevar el timón de su propio barco. Sin embargo, a veces, uno elige ponerse en el timón, salir de la tormenta, y continuar ocupándose de dirigir otros barcos que se encuentra al borde del naufragio, en lugar de llevar el suyo propio a aguas más tranquilas donde disfrutar del viaje.

martes, 10 de noviembre de 2009

Sin mirar atrás

" Tanto leer sueños. Eso fue lo que la empujó a dar los primeros pasos por el camino. Cada día andaba un poco más: un kilómetro y volvía a casa. Dos kilómetros y volvía a casa. Un día, simplemente, siguió adelante"
Desayuno en Tiffany´s
Truman Capote

domingo, 8 de noviembre de 2009

Otoño

Vuelve el otoño
y no es para salvarme.
Navego en su aliento gris
sin pensar en nada ajeno al movimiento.
Detenerse es morir
como he muerto otras veces,
asombrada como una bengala
a la orilla del mar.

Vuelve el otoño y su cadencia de anciano
canturreando por las calles
contamina mi cuerpo de pereza.

Pierde sus hojas más asperas la vida
y en barro un pequeño insecto
escribe con sus alas que soy viuda de ti
aunque ignore por completo tu nombre.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Noviembre

En noviembre siempre me voy de viaje. Nunca lo planeo, pero siempre ocurre, sin preaviso, sin contar conmigo, a escondidas, de la más rastrera de las maneras y lo que es peor, sin poder hacer nada para evitarlo. La persona que soy decide hacer las maletas y con un rápido “adiós muy buenas” me deja sola en casa, desanimada, destemplada, perdida, sin energía, víctima de una irresistible atracción por el sofá y la manta….
Y aunque lo intento, no hay manera de convencerme, me he ido con todas las consecuencias, sin mirar atrás y sin pensar en el regreso. En noviembre me voy de viaje y me quedo en Madrid, trabajando, leyendo, haciendo la compra, charlando por teléfono, haciendo lo mismo de siempre pero en ausencia de mí, sin tener ni idea de dónde me meto durante el largísimo, odioso y gris mes de Noviembre.

Pero estoy segura de que todo esto, que así leído/escrito parece un delirio, tiene su explicación y, por qué no, su sentido. En primer lugar yo podría irme cualquier otro mes de año, por ejemplo en Marzo, pero curiosamente elijo el mes en que de repente hay menos horas de luz, en que llega el frío, en que las terrazas definitivamente desaparecen de las calles, en que el cielo se cubre de nubes y todo parece gris, como empañado por una fina capa de polvo. Descrito así, y así es Noviembre, parece más o menos normal que uno quiera salir corriendo, cuanto más lejos mejor. Noviembre nos anima a sacar la bufanda (y en mi caso también el gorro y los guantes, que soy muy friolera) y con eso nos advierte de que nos esperan tiempos duros, áridos, de estar en estado letárgico, sin morir pero viviendo a medio gas, como los árboles sin sus hojas, que parecen muertos pero no lo están.
Y ante esa advertencia con que Noviembre nos sacude la cara ufffff….. mejor pensar en ponerse manos a la obra y como en tiempos de crisis hacer acopio de fuerza, de energía, de vitalidad… por si llegan tiempo peores y no tenemos lana que sacar del armario. En esa tesitura absurda nos pone la llegada del frío, en la de no movernos por si mañana no podemos movernos, en la de emplear la ilusión con cuentagotas, por lo que pueda venir...en empezar a sufrir por si alguna vez sufrimos.

Por otro lado, y ya que tengo que pasar por esto, aprovecho que no estoy en casa para hacer limpieza, pintar las paredes y buscar tesoros debajo de las baldosas de la cocina. Quizás, como dicen de las crisis, Noviembre sea mi oportinidad,  el momento para caerse al suelo y poder levantarse con ayuda del suelo, el momento, oportuno o no, de ponerse a prueba, de subir al cielo y lanzar una piedra desde allí, para saber de cuánta fuerza dispongo.

El caso es que cuando pasa Noviembre y regreso,  nunca soy exactamente la misma persona...

He vuelto a escribir

"Al esforzarme en escribir es cuando he vuelto a la vida. Las palabras han vuelto a ser palabras y las rosas, rosas"
El viaje de Baldassar
Amin Maulouf
Cuando tenía unos diez u once años mi hermana mayor me regaló un diario. Tenía el tamaño de media cuartilla y las tapas de color rosa. Para cada día del año tenía reservado un espacio de unos cinco reglones, un espacio que quizás por breve me atreví a rellenar. Así, día a día, empecé a dejar escrito si había tenido o no clase de inglés, si era domingo y había visitado a mi abuela o los días que quedaban para que llegasen las vacaciones. Luego el diario rosa terminó y le siguieron cuadernos, de los normales, de papel cuadriculado y tapas de cartón. Con los años, alguna agenda regalada, alguno de esos cuadernos del todo a 100 forrado y adornado con un dibujo, un Moleskine… ahora, pasados los treinta, le sumo al ritmo de esos cuadernos este rincón de la red, dejando a un lado la intimidad de un lápiz de un papel pero escribiendo al fin y al cabo por los mismos motivos. Para que tú (me da igual quién seas) no me olvides…

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La palabra final

Aquí termino yo,
donde los nudos se desatan
y florece la desalentada fuerza
de mi debilidad.

Si es que no te he conocido
puedo olvidar que olvido
dejándote unos cuantos
labios rotos en el cuaderno

Si es que te he conocido
tengo la suerte
de no haber muerto a los dos días
cansada de tu cansancio.

Así termino yo,
con el calendario de otro país
cosido en las manos.
Sin haberme acostado todavía
pero alterada por el sol de ayer.

Haciendo que cerca y lejos
sean para siempre la misma palabra.