Si pienso en los consejos que doy y recibo a lo largo de un día, una semana, un mes……me doy cuenta de que las opiniones sobre el mismo hecho pueden ser tan variadas y contradictorias que me sorprendo de lo diferentes, y similares a la vez, que pueden ser los seres humanos.
A veces es fácil querer entender, ayudar, ponerse en el lugar del otro; y caer en el error de intentar “imponer” lo que uno considera mejor. Ayudar a veces significa, dejar que el otro se equivoque, que cumpla su voluntad. Porque aconsejar no siempre supone estar en lo cierto. La opinión que uno tiene sobre una cuestión concreta, está condicionado por las vivencias, los miedos, las circunstancias de esa persona. Pero lo que para mí es válido, puede que no lo sea para el otro.
Y así, cuando por intentar ayudar y hacer que el otro se sienta bien, impido que la libertad de esa persona se realice, la intención deja de ser ayuda y se convierte en “dictadura”.
Cada uno somos dueños de nuestro propio barquito de papel, y si alguien decide hundir el suyo propio está en su derecho, aunque a los demás nos pueda parecer la peor idea del mundo. Porque es su barco, porque él es el capitán, porque es su responsabilidad.
Pero también hay situaciones en las que el capitán del barco no quiere que se hunda, pero no sabe mantenerlo a flote. En este caso, al intentar ayudar, se puede volver a cometer el error de asumir el papel del otro, cargando con la responsabilidad del capitán, para que el barco no naufrague definitivamente. Y quizá lo “correcto” sea enseñarle a llevar el timón de su propio barco. Sin embargo, a veces, uno elige ponerse en el timón, salir de la tormenta, y continuar ocupándose de dirigir otros barcos que se encuentra al borde del naufragio, en lugar de llevar el suyo propio a aguas más tranquilas donde disfrutar del viaje.
A veces es fácil querer entender, ayudar, ponerse en el lugar del otro; y caer en el error de intentar “imponer” lo que uno considera mejor. Ayudar a veces significa, dejar que el otro se equivoque, que cumpla su voluntad. Porque aconsejar no siempre supone estar en lo cierto. La opinión que uno tiene sobre una cuestión concreta, está condicionado por las vivencias, los miedos, las circunstancias de esa persona. Pero lo que para mí es válido, puede que no lo sea para el otro.
Y así, cuando por intentar ayudar y hacer que el otro se sienta bien, impido que la libertad de esa persona se realice, la intención deja de ser ayuda y se convierte en “dictadura”.
Cada uno somos dueños de nuestro propio barquito de papel, y si alguien decide hundir el suyo propio está en su derecho, aunque a los demás nos pueda parecer la peor idea del mundo. Porque es su barco, porque él es el capitán, porque es su responsabilidad.
Pero también hay situaciones en las que el capitán del barco no quiere que se hunda, pero no sabe mantenerlo a flote. En este caso, al intentar ayudar, se puede volver a cometer el error de asumir el papel del otro, cargando con la responsabilidad del capitán, para que el barco no naufrague definitivamente. Y quizá lo “correcto” sea enseñarle a llevar el timón de su propio barco. Sin embargo, a veces, uno elige ponerse en el timón, salir de la tormenta, y continuar ocupándose de dirigir otros barcos que se encuentra al borde del naufragio, en lugar de llevar el suyo propio a aguas más tranquilas donde disfrutar del viaje.